El periodismo y el caso de Nadia

El caso de Nadia y el posible fraude de sus padres, que recaudaron dinero para operaciones que supuestamente no se hicieron, ha servido para debatir acerca del trabajo periodístico y de cómo debería ejercerse esta labor. Más allá de la gravedad del asunto de pedir dinero a costa de la enfermedad de un niño que luego destinas a otra cosa los primeros focos se pusieron en el mal trabajo de los periodistas que no corroboraron la información.

No voy a defender a ultranza a los periodistas a los que les colaron el tema, pero me parece mucho más grave el fondo de la cuestión que el hecho de que no se haya llamado a gente de la NASA o a premios Nobel para confirmar la versión de un padre desesperado cuya hija, supuestamente, se está muriendo. Hay que tener en cuenta el fuerte componente emocional de una información como ésta que sirve para explicar porqué no nos cuestionamos ciertas cosas.

Facebook de Asociación Nadia Nerea para la Tricotiodistrofia y E.R.

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Hay que ser conscientes de que, como diría la blogger: los periodistas también somos personas. No somos máquinas que lo único que miran es la cantidad de clics que suma una noticia o la posibilidad de derrocar a grupos de poder. Las historias que se trabajan pueden asquear, emocionar o dejar indiferente, igual que a todo hijo de vecino.

Y cuando a ti te plantean que la hija/madre/hermano/primo de alguien se está muriendo porque no puede acceder a un tratamiento por lo caro que es te toca la ‘patata’ -sí, tenemos corazón- y tratas de ayudar y la forma de hacerlo es, principalmente, dando visibilidad al caso. A nadie se le pasaría por la cabeza que detrás de eso se esconde un posible fraude. A nadie, hasta que pasa.

Soy desconfiada, por naturaleza o porque la vida me ha hecho así, pero he escrito sobre gente que necesita un transplante de médula, un desfibrilador o dinero para sufragar campañas. Y nunca, jamás, he pedido documentación al respecto, ni pruebas de si es verdad que ha ido a tal o cuál médico o el presupuesto firmado de lo que le va a costar. Gente que se encuentra en esa situación y tiene que recurrir a exponer un caso particular públicamente no puede estar inventándoselo por beneficio económico. Eso es lo que he pensado siempre y lo sigo pensando.

Hay que ser muy retorcido para ver en la enfermedad de alguien tan inocente e indefenso como un niño la posibilidad de hacer negocio. El ser humano puede ser muy retorcido, pero nunca, en mi imaginación, pude llegar a pensar que pueda serlo tanto.

Cuando alguien da una versión de su historia se ha de corroborar que es así buscando a la otra parte o a testigos, pero cuando se trata de algo tan personal como la enfermedad de un menor hay cuestiones que se dan por válidas. No se corroboran, en parte porque se trata de información confidencial, a la que es muy difícil acceder. No es por las prisas por publicar el tema ni por dárselas de tener una exclusiva, es por humanidad, porque cuestionar si es cierto puede hacer daño a quien ya está sufriendo.

De hecho del trabajo de investigación publicado por El País lo que a mi más me sorprende es que realmente tanto médico y científico se brindase a hablar, y sin tapujos, del asunto y de si es cierto que habían tratado a Nadia. Creo recordar que hubo un solo hospital que se negó a facilitar información, algo que al menos por estos lares es bastante habitual, más aún, insisto, cuando el paciente es un menor.

Facebook de Asociación Nadia Nerea para la Tricotiodistrofia y E.R.

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No es cuestión de buscar culpables, básicamente se trata de una historia que creo que nos han colado a la sociedad en general, aunque se haya puesto la atención sobre los periodistas, perdón, sobre el primer periodista que sacó el tema y trabaja en El Mundo. Fue el que dio la ‘primicia’ de la que posteriormente se aprovecharon otros y tuvo eco entre famosos y personas anónimas que, de una u otra manera, pusieron su granito de arena para ayudar.

Pedro Simón no corroboró con los médicos ni los hospitales de los que le habló el padre de Nadia que todo lo que contaba fuera cierto. Pero tampoco lo hicieron el resto de periodistas o comunicadores que se subierton al carro, como tampoco lo hicieron los famosos que apoyaron la campaña o las personas que a título individual colaboraron. Todos dieron por buena la información y no porque la fuente fuera El Mundo, lo hicieron porque era un tema especialmente emotivo que nadie podría imaginar ocultara una estafa.

Particularmente yo no conocía el caso de Nadia Nerea hasta que se publicó la investigación que lo desmentía y a toro pasado cierto que suena rocambolesco y difícil de creer -especialmente lo de la cueva de Afganistán. Pero en su momento no debió parecérselo no sólo a los periodistas, sino tampoco a esos famosos o personas particulares que apoyaron la causa.

Y aún hay más personas implicadas: los médicos y hospitales a los que se aludía en el tratamiento y diagnóstico de Nadia y que resulta que no lo estaban. No digo que la NASA sea consciente de que alguno de sus trabajadores ha sido aludido en informaciones de medios españoles sobre la enfermedad de una niña, pero ¿los centros españoles?

Tienen departamentos de comunicación que, entre otras cuestiones, están para saber qué se publica de ellos en los medios de comunicación. ¿Ninguno levantó el teléfono para desmentirlo? Ni los aludidos ni ninguna asociación de enfermedades raras, ni médica, que supiera -como ahora parece ser vox populi- que a partir de cierta edad la enfermedad de Nadie no es mortal y que por tanto no era necesaria esa operación de la que resultó nadie había oído hablar ni nadie se cree ahora.

Con el caso de Nadia pudieron fallar los controles de los periodistas, pero también los del resto de la sociedad. Nadie cuestionó nada y todos dimos por hecho que un padre no podía mentir sobre la enfermedad de su hija. Confiamos en el ser humano y ahora exigiremos pruebas y documentación ante cualquier otro caso que se le parezca.

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