Aprender a decir no a los clientes. Cuándo y cómo hacerlo para no dañar a tu negocio

Cuando uno trabaja como freelance tiende a pensar que no puede decir que no a ninguna propuesta de un cliente. Primero porqe supondrá una fuente de ingresos y, segundo, porque tenemos la creencia de que de rechazarlo no volverá a contar con nosotros para futuras propuestas.

Sin embargo, hay ocasiones en que no nos interesan determinados proyectos, que no podemos afrontarlos o que, simplemente,  nos dan mala espina. Es entonces cuando hay que aprender a seleccionar qué queremos/podemos hacer y cómo gestionarlo con el cliente.

No todos los proyectos que se nos presentan son iguales ni las circunstancias que los rodean son las mismas, por lo que a la hora de ver cuáles pueden no interesarnos la decisión has de tomarla tú. Pero vamos a ver algunos de los casos más habituales que te puedes encontrar.

Imagen de Alexas_Fotos

Los clientes tienden a pensar que son tu único cliente y que tienes una disposición prácticamente absoluta. Ven sus necesidades como urgentes pero no se paran a pensar en los otros encargos que ya tienes. No es cosa de tus clientes, es algo general, nos pasa a todos, que queremos ser siempre los primeros a los que se atiende. Y no siempre es posible.

Si te exigen un plazo que no puedes cumplir porque tienes otros trabajos pendientes has de  hacérselo saber y tratar de postergar dicha entrega y, en caso de que no lo acepte, lo suyo es declinar el trabajo. Si lo aceptas tendrás que hacerlo a toda prisa, quizás incluso afectando a otras cosas que tenías planificadas con anterioridad y eso se notará en el resultado final. No será tan bueno como cabría esperar. Para hacerlo mal vale más no hacerlo porque te crearás una mala imagen, con el cliente que te urgía rapidez y con los que quizás has dejado de lado.

Algo similar ocurre cuando te presentan un propyecto que no sabes si serás capaz de llevar a cabo. Ponerse retos está bien, pero también hay que ser realista. Si el proyecto no se adapta a ti, no tienes del todo claro qué debes hacer y antes de empezar ves las cosas negras declina la oferta. Sé sincero con el cliente -es algo que valoran mucho- y sugiérele otros compañeros que sí pueden hacer el trabajo. No te habrá contratado, pero te habrás ganado su confianza y es seguro que volverá a llamarte.

Hasta aquí las cosas van bien. El tiempo o el conocimiento son motivos que todos entendemos como válidos a la hora de aceptar o no un proyecto, pero, qué hacer cuando nos encontramos con una propuesta que nos da mala espina. Una de esas que según te la están contando empiezas a torcer la nariz.

Estas son las más difíciles de descubrir, porque normalmente lo haces cuando ya has pasado por experiencias negativas. Son aquellas que vienen de la mano de clientes de los que huir, esos que no te dan buenas vibraciones.

En ese caso lo mejor es analizar bien la propuesta y si sigue sin convencerte declinarla. Puede que no te guste porque no veas claro qué quiere el cliente y sientas que ni él mismo lo sabe o porque algo te lleve a pensar que va a ser muy difícil hacer justo lo que espera, o que va a ser más difícil aún cobrarlo.

Y, ¿cómo decirle que no a un cliente cuando te da mala espina? Ante todo educación y responder siempre a la oferta, no dejarlo ahí esperando hasta el fin de los días esperando que pille la indirecta.  La sinceridad es lo más recomendable a la hora de tratar con clientes, aunque es cierto que no es fácil decirle “no me fío de usted y creo que no me va a pagar”. Además es bastante probable que no sea lo mejor de cara a futuras colaboraciones o a que te recomiende a otras personas.

En ese caso se trata de minimizar los daños así que lo más fácil es tirar de eufemismos. La excusa del tiempo de antes se puede usar y apuntar a que tienes otros proyectos pendientes y no podrías atender al suyo como se merece. En caso de que veas que no tiene clara la idea, sugiérele que la repose durante un tiempo y emplázale a volver a hablar en un mes o dos.

No es fácil decirle que no a un cliente, porque eso implica más cosas que renunciar a un proyecto. Pero en ocasiones es necesario para poder cumplir con la organización que teníamos establecida o para evitar embarcarse en una colaboración con la que no te sienes seguro.

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